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Editado por el autor

San Martín: El autor 2012 ISBN 978-887-33-0957-4 CCD B863

jueves, 21 de mayo de 2015

Se parte el mundo



Se parte el mundo
                              
-Confieso que, ahora mismo me estoy enamorando de una señora que tiene melena corta y sonrisa encantadora. Según mi criterio, sabe tener gustos musicales estupendos y tiende a utilizar el idioma de una manera en que a veces, le agrega el condimento de pronunciar bien los diminutivos o hace que predomine en su lenguaje, los gerundios, los imperativos y otros tiempos verbales que conjuga poéticamente. 
También, enuncia el lunfardo de una manera errónea pero se esmera en cultivarse de “porteñismos”. Vaga con su imaginación en mundos en que Roberto Artl se sentiría como en sus novelas.
Bueno, creo que no hay más alternativas, que decirte que me enamoré de alguien que tú no conoces. Ella es una mujer dulce que no atosiga y sonríe a cada instante para contagiarme.
Tiene la piel de un bebé y me llama, "mi chino". No puedo extrañarla porque está dentro de mí y cada vez que necesito acariciarla me salen palabras que la traen junto a mis deseos y mi pluma.
Tampoco sabrás como elaboro mis estrofas que tienen el destino de embelesarla hasta creer que solo se puede volar con la metáfora o con la melodía del poema febril.

Ella, va recorriéndome
en su camino de ternura
para dejar la huella
de un porvenir
que se asemeja
al regocijo.
Tiene“la tela del alma”
limpia como su esperanza.

Su voz, es como la lluvia que adorna y golpea las ventanas en un atardecer lleno de nostalgias y convierte el mundo árido, en la frescura de los pétalos que viven. Es capaz de acercarse hasta el centro de cualquier huracán para predecir cuanta fuerza traerá su remolino y prevenirnos.
 


Ella, es la que siembra
nudos de aromas deliciosos
que derraman un festejo único
hacia la sombra de mi ser.


 


Está calificada para traducir
los sabores del pecado,
en ese deleite
de los perfumes afrodisíacos.


 


Se alimenta de las frutas
que dejan el silencio
y las notas musicales
del placer.




Y cuando se escapa de su aliento la nube de feromonas, se da cuenta que puede esparcir el deseo, hasta en la misma mañana en que se parte el mundo. Entonces, sin siquiera suponerme derrotado en la catástrofe que viene, voy en su búsqueda para fecundarla en la cavidad llena de estrellas y saber que, encontraremos un lugar donde parir lo sublime.

De todos los fuegos…(dedicada a María)

domingo, 19 de abril de 2015

Solo una idea




Solo una idea, esa a la que me lleva, quien la pronuncia con la sabiduría de quien domina fuertemente una certeza.
Algo parecido a esto -creo- nos dice el sabio; “Lo que todavía no entienden muchos, es de que forma o como, desde esta tierra tan lejana para ellos, se ejercita la verdadera democracia. Es aquí que se da la diversidad y es en ella, que se posicionan las pasiones y las razones de toda índole para entrar en equilibrio o deshacerse, y en ese devenir, se convive hoy”.
La tierra lejana misturó a la fuerza –a sangre y fuego- al extranjero y al nativo con su espíritu. Desde allí se recoge una fresca humanidad. Esa que identifica el aroma de todas las cosas. Desde ese lugar se sitúa la historia viviente de la mujer que acaricia las manos de un niño y habla ejercitando “la prudencia”. La virtud.
Desde allí, el niño crece entre lo sublime y el dolor, entre la encrucijada que va descolorando el destino incierto y la curiosidad que gasta toda inquietud. Crece en la forma desconocida del amor que huele a Esperanza y en la opacidad que trae la angustia. Crece en ese misterio que sobrepasa la voluntad del deseo y se transforma en el ser que vive sembrado de emociones, a tal punto de complejo que, su sensibilidad lo hace, nuevamente, atarse a un ramillete de ilusiones.
El deseo al fin, que en el crepúsculo de un día cualquiera, derrama su última lágrima para luego, traer el nacimiento.  
                                                               
                                                              De todos los fuegos...

 Mi humilde homenaje a Eduardo Galeano



El hombre:
                    El hombre llegó a la estación  “terminal” del tren, vestido con  su  ropa más elegante y una valija de cuero muy pequeña. Sentía las “sentaderas” adormecidas. Claro, luego, de dos días de viaje, no era para menos. Su cuerpo había copiado la forma de los asientos de madera de los vagones traccionados por la locomotora a vapor.

        Corría por aquellos años los inicios de la década del sesenta. El tren era uno de los vehículos de pasajeros más importantes que atravesaba gran parte de nuestro territorio.  El hombre venía del nordeste, de la frontera entre Paraguay y Argentina. De Corrientes para ser más preciso.
         Su apariencia humilde no tenía que ver con lo que vestía ya que su ropa estaba a medida y de buena confección, asimismo, relucían sus zapatos lustrosos. Había en él, sí, un andar “campechano” que demostraba no ser “hijo de esta ciudad”. Es más, parecía que tanto gentío lo abrumaba, en la ciudad de los “hormighombres”. Él era un joven de apariencia feliz. De cierta elegancia, con un rostro de facciones delicadas. Es decir, de labios carnosos y sonrisa impecablemente pulcra. El cabello negro peinado hacia atrás bien prolijo, de frente amplia y su mirada intensa, daban la impresión de franqueza. Sin muchos preámbulos, bien directa. Con mandíbula, sutilmente, cuadrada, de nariz recta y mediana y su color de piel canela, hablaban de lo agreste sin tosquedad. Pero tal vez, lo distintivo, también,  estaba en su carácter. Dominaba en él, una cordialidad o gentileza que abrigaba a una persona de bien, de confianza. Así llegó a la Santa María de los Buenos Aires. A la estación Retiro de la Gran Urbe.
        Sin embargo, a pesar de esas cualidades, la “ciudad” no lo recibió como él hubiera querido. Inmediatamente, luego de haber bajado del tren, se acercó un “avivado” y entre que no conocía y las palabras del “personaje” que enseguida lo empezó a acosar, lo convenció de “soltar” el poco dinero que traía para terminar su viaje desde tan lejos hasta la casa de su hermana. Lo que lo dejó sin recursos para enfrentar la última etapa.
        Cuando se dio cuenta que el “avivado” no iba a aparecer más con su dinero, resolvió tomar un taxi hasta la dirección anotada. El chofer de taxi le advirtió que lo llevaría pero que no le iba a devolver su equipaje sino conseguía pagarle. Con esa condición, pudo llegar hasta la dirección que permitiría reencontrarse con su hermana. Casada ella, nacida en Argentina, con hijos.
         Tuvo que esperar que uno de los hijos de su hermana -el mayor que aún era pequeño, de unos diez o doce años- procurara el dinero para pagarle al chofer, pidiéndolo prestado para recuperar su valija.
         Por fin, mirando con admiración a su sobrino, terminó su viaje, agregando:
-Hasta los chicos son “rápidos” aquí.
        El niño lo recibió con mucha amabilidad y le informó que sus padres vendrían más tarde porque estaban trabajando y después “ellos”, devolverían la “plata” prestada.
        Yo soy el hermano menor de ese niño que había recibido a un tío a quien miraba con cierta admiración y sorpresa, ya que su voz sonaba distinta con esa tonada. Había una pronunciación de las palabras con la elle remarcada que llamaba mi atención. Se que, posteriormente, al abandonar la ciudad fue la última vez que lo vimos todos. Incluye eso a mi madre ya que ella, que es su hermana, nunca supo con certeza hasta hoy como “desapareció”.
        Mi tío hacía pocos años que había terminado el servicio militar. De nacionalidad paraguayo, tenía alrededor de veintiuno, cuando llegó a nuestra casa. Con mucho orgullo, el hacer el servicio militar “habilitaba” a los varones a “recibirse de hombres” pues la conscripción obligatoria en el Paraguay es de dos años y la incorporación de reclutas, a los dieciséis. Pero también, ese orgullo estaba fundado en “ser útil a la patria” y el ser apto para entrar de conscripto, implicaba ser fuerte, sano y de talla aceptable, Cuando cumplía con el “servicio”, conoció a muchos compañeros que estaban en contra del régimen gobernante, “plagado” de corrupción, de injusticia. Algunos de estos compañeros estaban bien adoctrinados y dispuestos a “acompañar”al cambio. De allí, tal vez, haya nacido ese ideal que lo guió –supongo- hasta la muerte.    
        La “colimba paraguaya” es muy distinta a la de acá. Como siempre, el de “rango superior” comete todo tipo de abusos contra su “subordinado” pero con el agravante de que pueden golpearlo, incluso someter a todo tipo de torturas sin que haya posibilidad de “reclamo por derecho”. Aquí sucedía pero en menor grado, allá es “cosa común” desde siempre.
        En aquellos “sesenta y pico”, gobernaba el Paraguay desde hacía muchos años ya, un general mercenario y asesino que fue el “promotor-vencedor” de una guerra civil entre dos bandos que se identificaron como “liberales” y “colorados”. Al frente de los “colorados” -el ejército más numeroso y mejor provisto- estaba ese “general” sanguinario, quien pudo doblegar a sus enemigos y adueñarse del poder, realizando luego, interminables persecuciones aún hasta en las aldeas campesinas más alejadas. Esa sangrienta guerra civil se propagó por todo el territorio del Paraguay y por supuesto, terminaron sufriendo los inocentes, los débiles e indefensos; las mujeres y niños que tenían que huir de sus casas hacia la Argentina para no terminar muertos o vejados.
         En una de esas aldeas campesinas “pegada” a la frontera que establece solo el río Paraná, es donde nació mi tío. Es donde nació su “voluntad de querer cambiar lo establecido”. Si bien, su educación precaria y campesina no lo convertía en alguien “preparado para adoctrinar”, él escuchaba a sus pares, con la convicción de quien  podía sumar lealtad y coraje. Las palabras que alimentaban su espíritu de combatir “al poder asesino que  dirigía el país”, eran repetidas como para intentar ser “la columna de una conciencia colectiva”.
         Los “voluntarios” se multiplicaron en alrededor de cien, se prepararon para partir. Él, con algún conocimiento en armas por su servicio militar cumplido recientemente, creyó que podía aportar algo al grupo.
        Partieron en un barco desde el puerto de Buenos Aires y al llegar a la zona fronteriza, donde iban –supuestamente- a ser “bien pertrechados”, nunca se supo con certeza que es lo que pasó. Solo hay una versión que se propagó de boca en boca,  mucho tiempo después de lo que, quizás, aconteció.
         El ejército “colorado” solo tuvo que esperar la llegada del barco lleno de “voluntarios irregulares” que ni armados estaban y a los cuales, exterminaron sin misericordia alguna. El barco quedó sin sobrevivientes y, posiblemente, hundido.
         Los cuerpos nunca fueron entregados y tal vez, haya sido asesinado. Muerta su nobleza, su lealtad y coraje.
         Raimundo Benítez –para nosotros “Mundo”- así se llamaba quien, como una paradoja irrepetible, es aún hoy, un “desaparecido”.

Mis abuelos lo habían bautizado como “el hijo del mundo”.

             porque está llena de alegría
             reluce la inmaculada esperanza,
             cruza el puente del mundo
             para llegar convertida en hijo,
             la madre tierra lo acuna,
             hace crecer su inocencia
             y cuando cobra sentido la vida
             puesto que “el secreto está en creer”,
             “el hombre” con su inconsciencia
             en un suspiro lo apaga.

         Desde aquella dirección que se ilumina con tu presencia voy trazando el camino del regreso.
         Quien fue “el guía” a través del tiempo tiene garantizado el resplandor que espanta la misma oscuridad.
         La tierra hollada es la cuna en que a mis pies le crecen sus raíces y esforzado trabajo es dejar una huella hacia adelante.
        Traspaso mi fulgor a otra criatura viviente para no equivocarme pues tengo que evitar desandar los mismos senderos.

Perezcuper
 (Extraído del libro “Tratado del viento”, páginas 105 a 108)

domingo, 15 de marzo de 2015

Una palabra




Una palabra que se condimenta y tonifica con la carga de todos los sentidos, es aquella que se aplica para condensar las formas y su espíritu. Es además,  la característica principal del que intenta llevar los símbolos con alguna impronta, hacia la pretenciosa idea de la búsqueda de belleza, es decir; a procurar salpicarnos de su poesía.
Es un andar de la pluma sobre el camino de colores y sombras, de hedores, aromas y perfumes, de gustos sutiles o con carácter, de ruidos, o de sonoridades y melodías, de superficies que raspan o suavizan,  de miradas que penetran para hacernos degustar la crudeza de lo descarnado, o la curiosa y sugestiva manera de entrelazar lo enigmático con el asombro, de llevarnos hacia la inocencia o de pergeñar lo diabólico, de contemplar como un visionario, lo venturoso del futuro, o como, el barro del presente se va elaborando en lo acaecido.
Es con el recurso de la palabra que diseñamos un mundo real o ficticio, o entre ambos, se desarrolla eso que tiene que ver, con describir o enunciar el recreo de la vida, el eterno movimiento de sus aconteceres.
Es a partir de “ella” que, cuando se pronuncia, nos encontramos con “la palabra viva”,  o con aquella que ya está escrita -¿esa será, “la palabra muerta?”- es decir, con una u otra, o las dos; la que nos produce el intercambio de emociones.
Es a partir de “ella”, “la palabra” que me voy cultivando para no desistir más de vibrar, aun,  teniendo tantas limitaciones.
El sonido de los fonemas, la “textura” de “ellas” que nos va moldeando lo descripto, la nota musical de un matiz que resalta un pequeño sentimiento, la transformación del color en la voz o en cualquier melodía, una perspectiva de los significados, aquello de la “métrica” para restablecer en lo visual y lo sonoro, o como se contempla al observador en un texto, la posibilidad de situarse en “algo creado” para que intervengan todos los demás sentidos. Así, la palabra.

Palabras y más, un edificio de situaciones que se teje con una trama insalvable en la cotidiana aventura de los días, esa narrativa de la “vieja” costumbre de palpitar en el aire.

Palabras para ajusticiar las conciencias que se manifiestan en actitudes maliciosas, o aquellas capaces de engendrar esa energía que transforman todo.

Palabras detrás de los hechos que, marcan el comportamiento de las personas que muchas veces tienen que decidir el destino de otros y confirman la confianza o desconfianza de estar cumpliendo o no, con lo que se les ha encomendado.

Palabras de vida cuando el rumor de nuestra emotividad surge hecho un suspiro de plenitud, o en nuestros temores, cuando aparece la mueca del llanto.

Palabras de las palabras (o de las “braspala”), cuando se ofrece la oración para multiplicarnos en significantes.

Palabras azules para un cielo que se ilumina en el esplendor del astro supremo, aquel que permite la respiración de lo vivo-verde, y sus perfumes varios, que dejan escapar en el aire la bendición de la tierra, ese humus negro despidiendo su vapor serpenteante que entibia las manos para enseñarnos como, todo late en su espíritu.


Perezcuper

sábado, 24 de enero de 2015


Yo soy la madre:
        
Cuando “la tela del alma”  se siente inmaculada.
Cuando el “andar” sobre los días no tiene vestigios de una realidad tajante.
Cuando en nuestro cuerpo todavía reluce la ilusión con que se viste la ingenuidad, ese, es el tiempo en que la mirada copia “el paisaje ideal”.

-¿De que estoy hablando? ¿Solo divagar?
     Tal vez, solo de mi vida adolescente.
     Sí, de ese estado de adolescencia.
    De mi pantalón rosa que se ajusta tan bien a mi figura. De la sonrisa que quiero que viaje por el aire para endulzar la mañana. Del intento cotidiano –en el pasado- de robarle una mirada al chico de ojos melancólicos que vive a la vuelta de la esquina.  De mi tiempo dedicado al espejo y su secreto. De ser hija, que es maravilloso pero también, cómodo y egoísta. De crecer hasta ahí, no más ¿para que? (jajaja). De ser irresponsable y caprichosa. De sentir que puedo adueñarme de mi –de vez en cuando- para “atropellar” la vida. De probar, como son las armas para seducir. De que lo femenino está latente, a flor de piel. De eso estoy hablando y de mucho más, porque me “rebalsan” las palabras.
  Hoy, pido disculpas pero me empuja una conducta irreverente. Le quiero perder el respeto a lo debido. Necesito ser ese alguien que cuenta su propia historia y de esa manera  –según me dicen- me transformo en una “combatiente”. 
     No es mi intención la de recrear mi adolescencia para hacer un ejercicio de nostalgia. Pero tal vez, sea ese el tiempo en que todos mis sentidos estaban en su máximo esplendor. En que podía  “ampliar” o “ajustar” la sintonía de mi sensibilidad y no me daba cuenta. Ese, es el tiempo en que el “carisma seduce pero lo importante es sentir la amistad”. Es, también, el tiempo del colegio, “donde prevalece tanto lo colectivo como lo particular”.
      Por supuesto, nada nuevo estoy diciendo pero tampoco, está todo dicho. Porque,  posiblemente, al ser cada uno particularisimo, tengamos cosas distintas y –tal vez-  asombrosas, para resaltar. Ese -el de la adolescencia, quizás- sea el tiempo en que crece fuerte nuestra afectividad aunque no sepamos dimensionarla. Afectividad hacia nuestra familia o al que queremos,  sea esa la persona que intentamos acercarnos por atracción. Sea una amistad.
      Y ¿que hay de nuestros corazones?
      Alguna vez, mi corazón adolescente, se “escapó” de mi cuerpo para demostrarme,  en definitiva, que nunca esta “ausente” de nuestros actos y de las circunstancias. Que hasta puede delatarme con su batir tan fuerte. Él puede emitir vibraciones que responden tanto a lo sublime como a la “bronca” y así, nadie dirá que solo es una cuestión de la mente”.

-¡¡ Protesto!! Siempre tengo en cuenta lo sanguíneo. Es de allí que se crea mi sentir intenso y apasionado.
      Existen variadas razones por la que uno quiere exponerse ante los demás. Más de uno pensará en que solo hay intención de alimentar vanidades pero tengan en cuenta también, que una historia puede traer algún entendimiento de lo que acontece y entonces, tiene algún valor.
    Es a esta “altura” de lo enunciado, que se estarán haciendo Ustedes, la misma pregunta.
-¿Porqué hablar tanto de la adolescencia?
Es que significa para mi un encuentro que me marcó para lo que iba a venir.
Les cuento:
            Mi hermano menor se accidentó. Una fractura en la pierna nos obligó a  movilizarnos con cierta urgencia hasta el Hospital de Niños. Al estar convaleciente él, quedó internado y mamá y yo, nos turnábamos para cuidarlo.
      Por supuesto, no podía abstraerme de lo que pasaba allí. Ver niños enfermos es de las peores imágenes que la realidad puede traernos. Mi mente adolescente fue “shoqueada”. Aquí “ataca” la realidad más cruda. Sí algo puede lastimarme, volverme demasiado vulnerable y despertar mi sentido solidario, fue aquello y lo hizo con una profundidad tal, que marcó un cambio interno para siempre en mí.

     La protagonista principal fue una niña pequeña discapacitada que se movía en silla de ruedas y que fue abandonada por sus padres. Se le podía leer en cada gesto el desamparo, la orfandad, la necesidad de ternura. La niña, por su propio fulgor, fue iluminando aquella parte de mí, que aún estaba oculta. Ella no comía y su estado de deterioro era continuo. Sin embargo, creyendo que podía aportarle algo, lustré mi mejor sonrisa, me acerqué y la respuesta fue inmediata. El rostro de la niña enseguida copió mi rostro y su abrazo me hizo temblar. Mis primeras lágrimas me inundaron por dentro. Su primer abrazo creó, la fuente de luz que da más brillo a mis ojos. Ahí estaba yo abrazada a una niña, que la vida solo le dejaba la ínfima posibilidad de luchar para subsistir pero sin “armas”, sin siquiera poder atarse a la ternura de alguien que tanto le hacia falta en esos cruciales momentos. Y yo, con la certeza de que la ayudaría pero, circunstancialmente. Se fue recuperando y las sonrisas eran parte de todo su cuerpito.
      Al poco tiempo, cuando le dieron el alta a mi hermano, me “despegué” de ella. Lo digo así, de esta forma tan liviana pero yo la sentí como si me hubiese “pertenecido” y alejarme fue, mi primer desgarro profundo.

La niña-mujer, plena de vida, profundo suspira 
para liberar la garganta que se le “anuda” y la sofoca.
Muchos días, se ocupó de pensar en el “angelito”
que la hizo temblar en el hospital,
cuerpito frágil-sonrisa fácil, sin encontrar solución.
Allí, dentro suyo, se mueve con vida propia
la “huella fosforescente” que la cambió.
   
     Parece que la vida ya no es tan fácil, aún con esta mirada adolescente, con todo lo que me queda por vivir. Sin embargo, “la vida sigue igual” dice mi ídolo Sandro de América. 
     Crecer bien querida además me dio el privilegio de elegir. Estudiar, prepararme para lo que siento como vocación. Ejercer mi vocación, divertirme, elegir a mi marido amado y proyectar. Eso incluía tener hijos y están aquí conmigo.

     Cuando nació mi hija Valencia y supe que, definitivamente, ella es distinta a todos nosotros con respecto a sus facultades para realizar lo que nosotros podemos hacer, enseguida, lo asocié con la niña que me encontré en aquel hospital, cuando era adolescente. También, supuse un castigo infinito hacia mi persona. Como que la mirada de Dios congeló aquella escena en el pasado para después convertirla en una realidad para mi vida.
      Busque consolarme en las palabras de poetas desgarrados por el sufrimiento y la zozobra, por creer que una mente más lucida podía tener respuestas. Revisar cada instante es mi consigna desde que nació. Desenmascarar en lo profundo el desencuentro de mis emociones. Entrar en las contradicciones de aceptar o no a mi propia hija en estas condiciones. Superar el dolor que implica por siempre, llevar “el estigma de la culpa”.
       El renegar tantísimas veces de la vida que me toca y volver a intentar superarlo. Sí, sentir que alguien te lastima con la mirada despectiva o con aquella misericordiosa.
     “Descarnarme” para que solo mi espíritu luche y al hacerlo se fortalezca. Así, comprender la vida, tal vez, signifique que el dolor está en ella como todo lo demás…existe todavía en mí, la llaga que no termina de curarse.
       Se sumaron incontables días de llanto y en mis oraciones a Dios, incluía siempre, la pregunta de ¿porqué a mi?
        No hay ninguna respuesta. “La vida es la vida”. Darle cabida a un ser omnipotente es una cuestión de fe y esa fe no claudica conmigo. Creo en Dios. Pero es una cuestión Divina, tal vez y solo es mí parecer, que sepamos apreciar la vida. No solo para una madre, sino todos, sin distinción de género, aquellos que deseamos engendrar vida, que quisimos o quisiéramos tener hijos, sabemos que vivir ese momento del nacimiento de nuestros hijos nos entrega una alegría, un regocijo indescriptible. Quizás, el punto “más alto” en que se desarrolla nuestra afectividad. El instante en que se hace tan  “amplia” nuestra capacidad de querer.

       La alegría que nos ilumina tiene que ver con el esplendor. Aprender a que la vida es valiosa en si misma y que cada uno puede ser esplendoroso por un instante o por mucho tiempo es comprender. Es ese esplendor fugaz o perdurable tan conmovedor que nos penetra, que se instala en cada uno de nosotros. Es lo que hace el fundamento que la vida “valga la  pena vivirla”.
       Entonces, observar a mi hija todos los días aunque muchas veces estuve a punto de zozobrar, tiene el “plus”de hacerme conocer su esplendor, gozar con ella cuando intenta  contagiarme su alegría. Observar momentos de cómo se instala en ella esas “ganas” de vivir y que a la vez me alimenta.
       Recién, después de todo eso, reivindicar a la “madre”, reinventarla. La madre es esa columna firme que no tambalea con el viento de las más tortuosas pesadillas ni en las tormentas en que se quiebran hasta las estructuras más fuertes. La madre es el “anclaje” que supera el vendaval.
-Insinuarme que estás pronunciando, aunque sea en tus pensamientos, esa palabra milagrosa, “mamá”, me derrite. Besarte desde esta mañana sintiendo tu piel suave, tu carita fláccida, tu olor a bebe. Mi brazo que te rodea, te protege, te moldea, te abraza y te acaricia, mis manos que te visten y te desvisten, mi brazo que se alarga, que te levanta. Mi brazo que te sostiene contra  mi cuerpo porque así, nuevamente, nos hacemos transparentes, nos fundimos, nos traspasamos, nos pertenecemos, nos alentamos.
      La madre soy yo. La persona que “siente” a su hija. La que descubre en mí, el porque. Allí, en lo profundo, se “resuelve”. ¿Quién más? sino “ella” y yo, pueden elaborar con tanto empeño cada instante de ternura ¿Quién más? podría ser sino “ella”y yo, quienes tengamos esta posibilidad de sentir la vida en una dimensión superlativa... ¿quien más?
        Esa es la madre y la niña y… es “la negra”.
-¿Quién es la “negra”? ¿Acaso la masa de carne inerte que tiene rostro pero sin ninguna expresión?
        “La negra” vibra, tiene música propia y es un ínfimo movimiento el que emite un sonido con sutileza…”la negra” es la canción de cuna que inventó mamá para recrear sus más íntimos sentidos…“la negra” y mamá, una conjunción indisoluble. “La negra” es la única razón y es la que abre su alma y solo despierta para recibir ternura…“la negra” sonríe para premiarnos… y mi brazo de mamá es tan fuerte como el acero y está, tan bien templado como el espíritu de la “combatiente” más feroz. 
     A propósito de “combatiente”, el tomar una “tribuna” para contar lo que uno siente es quizá, una posición de privilegio y no puedo dejar de aprovecharlo. Desde aquí, escuchando mi propia voz intento algo más pretencioso. Golpear como una luchadora donde más duele para no pasar inadvertida. Desde mí adentro la palabra surge de lo vivido, de la descarnada realidad. De la que más ofende.
     Tengo una idea, de llamar Esperanza a aquellos que nos conmueven porque actúan con una moral solidaria. ¿Sabemos que es eso? Eso es solo un luchador arraigado con  mirar al próximo y tenderle una  mano. Aquel que ayuda, aquel que se vuelve imprescindible.  Sin ellos, no podríamos seguir adelante.

     Pero siempre son tan pocos los que aportan. Los imprescindibles tienen o tenemos que multiplicarnos. Para eso estoy aquí, perdiéndole respeto a lo debido. Reclamando el derecho de ellos –nuestros hijos- de ser tratados como personas con “capacidades diferentes”.
    El ser solidarios no implica donar o aportar bienes sino también, respetarlos. Respetarlos significa que deben tener su lugar. ¿Que vida es esta, en que muy pocos de estos niños, reciben lo que necesitan? ¿Por que hacerles sentir tanta indiferencia que, seguramente, los hiere aún más?”

Perezcuper (Extraído de "Tratado del viento" páginas 45 a 49 )

miércoles, 14 de enero de 2015





Hay veces que mirarte,
equivale a la sonrisa
que despierta la armonía.
Un sonido melodioso
que lleva el deseo
hasta el límite
de las palpitaciones
y descubre con ellas,
el ritmo que me trae tu perfume.


Hay veces que escucharte
supone un timbre
que desemboca
en el mismo color
de la ternura,
matiz que, deja
suspendida en el aire
tu espiritualidad,
para ser interpretado
por el instrumento
más sensible del cuerpo
y que trae un suspiro
con tus vibraciones.


 
Hay veces que tus ojos
abrillantados y vivaces,
con esa intensidad inusitada,
van sembrando dentro de mí, 
esos brotes robustos
que son solo destellos de tu energía
y me empujan hasta la euforia.







Pero hay veces 
que tus lágrimas,
que tus gestos de angustia,
de miedo o de tristeza,
deshacen el lugar
iluminado por tu bondad
para entregarme a la melancolía.





Es entonces que 
–como un acto reflejo-
 se despierta el abrazo
que te cubre y resguarda,
que te apacigua y acaricia,
alivio que disuelve la congoja,
tibieza del aroma que envuelve
hasta disipar el dolor.


De todos los fuegos… (dedicado a Maria)






“Cada vez que se salva a un hijo nos salvamos todos”.

-Me dirijo a contemplarte e intentar este mínimo testimonio; voy entrecruzando tus dispares alegrías y tristezas -algo que solo imagino- para complementar y también, tratar de convertir los símbolos que conforman las palabras en el dibujo de tu arista menos expuesta.
Cierto es que, se descubre tu bondad. Y también, descubro este pequeño resplandor de tu mirada que enciende a los demás, que les dejas esto latente que empuja, aparece tu ternura salpicada en los sabores y tu pequeño discurso de la cotidianidad tiene ritmo y música, armonía en cada gesto, saludable sin razón de la humanidad que se llena de tu sonrisa.
A veces, la razón puede explicar los como, cuando, quien, los porqué y para qué, pero ya lejos de la razón, madre y amiga, pueden traer la carga de emociones suficientes para desarrollar más fuerza y continencia. Es decir, lo que nos completa.
Un hijo siempre tiene el valor más importante, y asumirlo, no solo compete a una madre aunque ella es el fundamento.
Sé que tu hijo ha tenido problemas de los que muchos, cuando escuchan, hasta los califican de insalvables. Sin embargo, desde el mismo despojo que nos hace miserables se levanta esta resistencia única que, asocia la voluntad con el amor y nos trae a un mundo que lo hace un poco más justo. Está más vigente que nunca eso de que, “los luchadores son los imprescindibles ¿que haríamos sin ellos?” Y aquí cabe la pregunta que te incluye ¿qué haríamos sin vos?
Quien ha tenido oportunidad de sumar años de vida, puede confirmar lo difícil que se hace caminar por ella y sus obstáculos.
Encontrar a un hijo sumergido en la confusión que trae esa calamidad de la  dependencia, sabe mejor que nadie sobre el pedregoso camino a recorrer. Encarar para rescatarlo, siempre es un acto heroico pues esa desgracia que sufre es difícil de revertir. Situación en la que nadie quiere encontrarse y que es una constante que se va repitiendo en nuestras generaciones más nuevas. Quedar apresado dentro de una adicción tan destructiva –supongo- requiere más que nunca de sumar mucha buena voluntad y ampliar el continente afectivo sin limitaciones, sin fronteras y allí, nadie sabe mejor de eso, que una madre.
Por lo que quiero agradecerte y repetirte la frase del principio:

“Cada vez que se salva a un hijo nos salvamos todos”
                                               

                                      De quien te aprecia.
                                                                        Octaedro (dedicado a Pilar)

                                                                                                       

sábado, 29 de noviembre de 2014

Un aspirante a artista minúsculo del detalle, es apenas un aprendiz de farsante que procura -y muchas veces  logra- hacer trascendente alguna de las nimiedades que nos rodean. Es como exacerbar la densidad del clima que domina en la periferia de las pequeñeces y llegar, con la determinación de los caracteres, a dibujar las aristas de lo difuso y efímero.
Ahí va, con la agudeza de su sintonía más fina, tratando de darle cuerpo a ese instante en el que la burbuja efervescente, se diluye con su ráfaga de energía para dejar de contagiar la euforia que encierra.
Un vaivén de sus pequeñas olas de sangre que transforman cada músculo en un soporte de potenciales fuerzas a punto de cumplir con lo que se propongan. Y es en el ir y venir de sentimientos contrapuestos –que se condicionan con alguna lógica difícil de interpretar- que a la vez, ejercitan conductas ante determinadas circunstancias, las que se van derramando en las venas con el carácter implacable de tu emotividad.
Luego, una partícula de ti que se disuelve en el mar de la incomprensión.
Y es también ahora, cuando aparece esta nube de silencio que cubre el andar del rostro en el que se posterga la posibilidad de una ilusión.
Es también ahora que, circunda esa aureola que refriega al objeto deseado para dejarlo sin formas.
La hoja de mi voluntad que pierde el color, se hace cautiva de la brisa para alejarse, para reencontrarse en el camino de hojas muertas que alfombran el suelo. Y ahí, juega el viento y su misterio al producir ese remolino que mezcla la fantasía de su vuelo. Es ahí, cuando entra en el instante, la música donde nace la sensualidad del azar, que provoca esa danza de los arabescos en el aire y nos lleva a ver en cada detalle un poco de belleza.
Así, nuevamente, hasta descubrir desde la congoja a la euforia, desde la tragedia a la comedia o viceversa, desde la pasión a la nada.
Si bien, ya viví unos cuantos años, prometo que voy a intentar aprender ese decálogo de cómo tratar de encender la vida –entre otras cosas- con la palabra… y me parece suficiente con intentarlo.
Superar la barrera de lo que me impone mi finitud para emprender desafíos o proyectos y empezar a sospechar como debo mejorar.

Acaso,
estaré pendiente
del sol pleno
cuando deshace
las tinieblas
de mi conciencia
o como me acerca
hacia una caricia.



Acaso, no mediré
la profundidad del horizonte
para no limitar mi vuelo,

 
o en el ir y venir de la gente,
descubriré lo que ella
califica de sublime
y pretenderé defenderlo
para sentirme
digno de convivir,
y pelear por la dignidad
que nos involucre.




Acaso, bendecido
por haber encontrado
un lugar donde dormir,
llegar a prometer
que debo festejarlo
con una sonrisa diaria
por semejante cobija,
sin sentirme dueño de nada.




O tal vez,
descifrar la música
de los colores
para inventar alguno,
aquel  que me identifique.

 

Entonces,
ampliar y sembrar
el sensible espacio
donde se recogen
las emociones.


De todos los fuegos…







Pentagrama para la música de ahí, adentro…

Solo un recurso para liberar el sonido que evoca

la caja de resonancia y retumba en mí.

Solo el lugar donde escribir los signos de las pulsaciones “dilatadas” y

como varia el compás.


Solo reconocer las lluvias y el rumor del agua que corre, o entre nubes,

el viento que traslada mi “canto”

de cada uno de los parajes que retrata la memoria.

Solo grabar la voz del animal en celo que busca hasta fecundar el aire.

Solo pertenecer al suspiro que perfuma la brisa

para adivinar como es la música y ahí mismo,

“el espectador” y su virtud, a través de los sentidos

compone con lo que vibra, “la canción de cuna” o

“difunde vagamente la melancolía”.

Solo el grito de la desesperación puede llenar los espacios de angustia.

Solo el movimiento de tus labios conjuga con la expresión de tu garganta y

modula “el runrún” del instrumento más versátil.

Solo la “composición con su lírica profunda” reinventa cada emoción.

Solo variar con fines armónicos la celebración de la vida y traducirlo al 
lenguaje de “la música de ahí, adentro”.


Octaedro (Extraído de “Tratado del viento” página 7)





… zozobrar en la oscuridad cuando te buscan mis manos.

        Sí este, es el tiempo en que somos protagonistas de nuestras vidas y cada uno ya tomó “conciencia” de ello ¿da como para no seguir haciéndose esa pregunta del por qué? Tal vez, “es dar por cierto algo que deja entrar la duda por la ventana”. Supongo, que de la duda, nace la “posibilidad” de replantear y también, de enriquecer el cuestionario y las respuestas. Alimentar la curiosidad es como alimentar “la razón”. Cuanto más indaga nuestro espíritu crítico y encuentra algunas respuestas, más audacia se junta para “aventurarse en el conocimiento” y aún más, se agranda la “voracidad” por saber de lo que resulta “descubierto”. Entonces…nada nuevo en los lugares comunes…      

-Eso sí: navega en mí, transitoriamente, la ansiedad de deducir una “ínfima certeza” que a la vez, “quiere ver el espacio externo”. Dominado por “la razón” se entrena mi pensamiento para elaborar “su manifiesto”. Luego, la ansiedad, juega como si fuera a atragantarme con pequeños y múltiples “ahogos”. Se traslada de aquí para allá sin “encontrar el camino”. Sin embargo, ese sentimiento de “la pequeña certeza”, ahí está. La palabra, tiene el privilegio de intentar traducir “eso”, darle sentido, hacerla entender pero “sola”, también, corre el riesgo de “vestirla con harapos”. Aún sigue allí, dando vueltas y “su carácter transitorio” ya no es. Quedó, “esa sensación” como un sofocamiento constante, sin remedio. Pregona desde “adentro” y se empeña en querer ser “traducida”.
A veces, pretenciosa, acumula como un “bulto” de aire que se suelta
“desinflando o descargando el corazón”.
Porque allí en el aire, se nota la brisa tibia.
En el aire se escucha ese resoplido
en que va prendado “el sentimiento”
y que se multiplica en sonidos.
Algo que lleva información,
que al querer fundarse en la armonía
da en la “tecla” de la música.
Ahí ya está… Transparencia, que se viste con el ánimo
y el cuerpo del  regocijo.
Ahí ya está…Traducida, va la “ínfima certeza”
 salpicando gotas de frescura
o “rumiando” la amargura.
Ahí ya está…Traducida, ya se alivia la ansiedad,
se descuelga del “melancólico asombro”
para dejar su huella nítida,
en algún pasaje que llega hasta “la esquina de tu alma”.



Perezcuper (Extraído de “Tratado del viento” página 9)