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Editado por el autor

San Martín: El autor 2012 ISBN 978-887-33-0957-4 CCD B863

domingo, 21 de octubre de 2018



 para ver como se derrama allí, esa nube de colores que suelta la tristeza del ocaso. Creo que debo atribuirlo también, a lo que me provoca tu voz. Ella –la sonoridad de la estela que se apaga lenta- es la brisa que siembra palabras para describir tus sueños, viene a remover inquietudes de un mundo que dispara temblores emotivos, tiende a salpicarnos de la tragedia o su comedia.

 Hoy, he mirado dentro de mi alma para sentir como la lluvia de tu pena inunda los costados de mi entera alegría. Entusiasmo que se opaca cuando una lágrima deja el gusto amargo en su camino de nostalgia.
He intentado sacar de adentro de mi alma, lo que provoca tu mirada cuando señala esa distancia inalcanzable que impone un corazón herido y sin rumbo. Aquel órgano que divaga y palpita sin querer ser acompañado de complemento alguno.
Desde adentro de mi alma juegan las armas que lastiman. Compiten entre ellas para ver quien deja la herida más profunda. Van recorriendo el surco ensangrentado con lo que envenena el humor de la caricia más honesta y es la pasión por sumar dolor, lo que impregna al gesto que se remarca en un instante.


Hoy, dentro de mí, se sostiene aún, el alma de quien intenta transitar tu llanura para encontrar  sosiego. 

Perezcuper (Dedicada a María).




va recorriendo el mundo que se acerca a la pantalla, para enriquecer más aún su universo interior.
Ella quiere desde siempre -y lo hace- sumarle a sus vivencias extraordinarias, eso que traen los sonidos de la armonía y la metáfora poética. Mirada que tiene el ritmo de quien alimenta su inquietud con voracidad.

El patrón del regocijo afina mucho más su sintonía, tanto en lo sonoro como en el manejo de la herramienta de la palabra, y al ser fecundada constantemente por ideas de cómo buscar belleza, la obliga a ejercitarse para saber nadar en su lírica de plena inspiración. Es entonces, que sus odas también, se perfuman de suspiros.

Oírla en su música, en sus palabras, y observarla en cada gesto, es de un  privilegio inigualable. Ahí -solo es mi parecer- en la composición que elige y comparte, va la elección de alguien experto. 
Todo se puede aprovechar de ello, desde el perfume de un suspiro hasta la virtud que acompaña a su “intensa oscilación”. 
Así es que, como un contemplante que descubre un tesoro, “guardo” cada gesto para no olvidarla. 

                                                                                                    
De todos los fuegos ( a María).









 y también de allí, se te van desatando los pensamientos, ellos disparan esa fragancia que llena el espíritu.
Es decir que, traen en las palabras lo que despierta el regocijo. Se descubre en tus reflexiones, la futura conducta que confirma la bondad.
Aparece aquella idea que entibia el aire, la que toma la altura del barrilete indescriptible, la que viaja hacia el encuentro de mi sonrisa, pues trae la novedad que incluye a los privilegiados que obtienen el beneficio de saborear tu ternura.
La clave que me permite hoy, entrar en el cuarto donde se acumulan algunos de tus secretos, ya la tendrás que cambiar. Soy de guardar tesoros, de respetar confidencias y protegerlas; por ejemplo, no comentar de ese fluir perfumado que te identifica, pero no doy cuenta de los que se te escapan para bordar ilusiones.
Ahora, sé que tus ojos vienen construidos con la virtud de acariciar los caminos que te llevan a todas las cosas, pero solo imaginar que puedan mirarme por un instante, ya tendría la vida hecha, sin temor a renunciar a ella.
Te propongo el poema que tiene en cuenta todo valor insoslayable, incluye las cláusulas que quieras imaginar o acotar, mi única condición para introducirlos en el registro, es que, no te pueda olvidar.

Octaedro (Dedicada a María).









casi. Está para pasear cerca del río. El río homónimo. ¿Vamos? Tomar una cerveza morena, escuchar alguna música en vivo, comer maníes salados, mirarse mucho y besarse un poco más. Pensar que quiero cautivar a una mujer que es libre. ¿Es como encerrar un pájaro?...o ¿Solo es mirarte a través de las palabras y allí, en ellas, buscar en la metáfora para desplegar una caricia? ¡Que deleite! En algún punto de tu ser, tal vez, donde se elabora el pensamiento más intimo, te sigo en la sonrisa para llegar a esto de tus labios que besan. Ahí, es donde no quiero indagar más, solo me gustaría navegarte en un suspiro, posiblemente, por que crea que somos algo postergado que merecemos tener un idilio.

Aquí, de este lado del mundo está un hombre que vibra, te lleva en su canto solo para expandirse en tu vuelo. De este lado del mundo se agita en interminables pulsaciones, ese hombre que se escurre en las palabras para continuar haciéndote música y conjugar en tu aliento. 
¿Será que solo es la teoría?
La práctica se realiza junto al otro para después convertirse en manifiesto profundo, real e imprescindible.

De todos los Fuegos (A María).










que se instala entre mis canas y que me obliga a derretir suspiros en los silencios ¿Traes esa fragancia de la alborada que recorre mis ansias?


Tú, frescura que salpica sonrisas para teñir el instante de ese candor que confirma mi embeleso ¿Siempre estás procurando retozar de entusiasmo para que rumoree el aire tu compás de alegría?


Ven, te estoy esperando, quisiera celebrar cada mínima expresión que delate tu profunda emotividad para convertirme en privilegiado testigo de tu andar por el mundo. 
Ven, debes entregarle calma al retorno de algunas olas para que en mi horizonte perfecto se dibuje nítido, el cauce de tu guitarra.

Pies de algodón, cuerpo de lluvia,  corazón de música y alas en la frente, ¿A dónde vas? ¿No ves que el viento sufre el color rosado de tu perfume? Sabe lo que acarrea. Es aquello, que erotiza la tarde. 

                                                                                         Octaedro (para María).



                                                                               







conversando contigo, escudado detrás de los signos a sabiendas de sus limitaciones y el corazón que va hacia donde es inevitable, donde la oración intenta.

Hay vidas que son esplendorosas y otras, apenas somos una llamita que estamos procurando contagiar calor. Otras  irradian eso todo el tiempo y hacen sonreír. Luego, acontece que la vida nos traspasa como para que el regocijo se adueñe aunque sea, de un mínimo lapso.

¿Que hace que una mirada anhelante vaya tratando de iluminar  cada cosa, a cada paso?
Se llena de tus vibraciones para remarcar los colores y ahí, donde parece lo oscuro, solo se encuentra con la alegría.

Entonces, fue que yo viajé hacia tus ojos verdes, ese mar tibio de esperanza, y estoy dentro de ellos como un naufrago… hombre vulnerable que sufre de orfandades.  
Soy, quien se acomoda cerca de tu aliento para aprender como es embriagarse de plenitud y navegar en tu sonrisa, porque son tus labios los que premian.

Conozco muy poco, de todo el poder de la palabra, siempre lo reivindico y no te rías, hasta las mujeres académicas suelen ser vulnerables a eso, incluso aquellas que han sufrido desencantos. Eso sí, quiero creer que hay hombres que podemos convencer con el verbo que florece al recorrer las fibras de cada sentimiento, hombres que sabemos escarbar en los recovecos del alma para establecer este puente y retener.

Por eso, cuando alguna vez vi como tu figura estaba colmada de agasajos, traté de ubicarme en cada parte, y justo allí donde se esconden todos “los secretos de la vida”,  creo… soñé con la mejor ilusión.
                                                                      
                                                                                        Perezcuper (Dedicada a María)

                                                                                 

miércoles, 17 de octubre de 2018

El secreto…

            Este es el instante en que el recuerdo deja el aire más denso -porque trae amalgamado tu espíritu-  lo que mueve a trazar los símbolos para hacerte llegar mi canto. Una pequeña melodía que se resume en gotas, en vaporoso resuello que no sabe de violencia. Y también, son los aromas que te corporizan y sumergen a la tristeza para olvidarla.
Es decir: tiene el aire la misma fragancia que alimenta el entusiasmo de saber que voy a encontrarte… y así, se puede adivinar que tu erotismo se impregna en mis entrañas.
Es con la observación de tu figura -la que hipnotiza a favor del sensible instrumento del cuerpo-  lo que produce esta agitación en mí.
Puede que en mi ocurrencia, el imaginario te haya bosquejado con apasionamiento y con algunos rasgos de lo ideal, pero además, se hizo generoso cuando te toca en el cuerpo y suspira con vos. 
Es esto que se multiplica cada día y saboreo, lo que construye nuestra cordialidad. La traza de una ligazón que se sujeta con firmeza a los nudos de  las manos y los abrazos  -bien preparados- aún para cuando nos sorprenda la tormenta.
Este es el canto que intenta sublimarse en tu voz, la conmoción del silencio que atraviesa tu garganta para salir hecha ternura. Eso que viaja en mis sonidos cotidianos -algo ineludible para mi- lleva la bendición de haberme elegido para reconciliarme por siempre con tu amabilidad.
Premio que hoy me trae la vida, justo en este tiempo, cuando se aparece la sintonía más fina de mis años de otoño.
Y observar en los días de mi otoño, significa valorar mejor el sol que me entibia. Es la hora en que también, me viene cierta sospecha de haber escuchado en alguna que otra oportunidad –claramente- la música de una brisa que se sostiene en el espacio, en el tiempo, para ayudarme a descubrir el canto del espíritu que traen todas las cosas. Y ya sé, es tan solo una sospecha.
Sí, es en el ir deambulando al paso ligero de estos días, que quisiera ver y distinguir bien, la “marca” que dejan aquellas miradas que abrazan. Y Allí, siento que están tus ojos de flor nostalgia, color vivaz de lo que emociona junto a los pétalos de tus mejillas.
Es en el paisaje de tu rostro que ondula suave el gesto que edifica la inocencia.
No hay sombras en tu frente que delaten relieves pronunciados y acompañan tus nutridas cejas, lo que te mueve al discurso.
Eso sí, disparan tus ojos, el verde candor que modifica todos los colores, para pintar los objetos con aquello que vibra a cada instante y resalta aún más, lo vital.
Entonces, solo entonces, el rubor de tus mejillas trae la idea exacta, el halago, la dulce presencia de una fruta que madura permanente.
Cuando tus labios insinúan la sonrisa, puede que el resto de las criaturas que habitan este mundo, agradezcan el gracioso encanto que sutilmente, alimenta nuestro fervor.
Ahí voy, haciendo que mis ojos devoren lo que trae el instante en que me regalan la posibilidad de amar. Tengo aquello que entra para devolverse en alegría, la roca que siente crecer en su cuerpo esa mínima brizna que esconde el sabor del secreto del milagro.
  

                                                                        Octaedro (dedicado a María).

jueves, 21 de mayo de 2015

Se parte el mundo



Se parte el mundo
                              
-Confieso que, ahora mismo me estoy enamorando de una señora que tiene melena corta y sonrisa encantadora. Según mi criterio, sabe tener gustos musicales estupendos y tiende a utilizar el idioma de una manera en que a veces, le agrega el condimento de pronunciar bien los diminutivos o hace que predomine en su lenguaje, los gerundios, los imperativos y otros tiempos verbales que conjuga poéticamente. 
También, enuncia el lunfardo de una manera errónea pero se esmera en cultivarse de “porteñismos”. Vaga con su imaginación en mundos en que Roberto Artl se sentiría como en sus novelas.
Bueno, creo que no hay más alternativas, que decirte que me enamoré de alguien que tú no conoces. Ella es una mujer dulce que no atosiga y sonríe a cada instante para contagiarme.
Tiene la piel de un bebé y me llama, "mi chino". No puedo extrañarla porque está dentro de mí y cada vez que necesito acariciarla me salen palabras que la traen junto a mis deseos y mi pluma.
Tampoco sabrás como elaboro mis estrofas que tienen el destino de embelesarla hasta creer que solo se puede volar con la metáfora o con la melodía del poema febril.

Ella, va recorriéndome
en su camino de ternura
para dejar la huella
de un porvenir
que se asemeja
al regocijo.
Tiene“la tela del alma”
limpia como su esperanza.

Su voz, es como la lluvia que adorna y golpea las ventanas en un atardecer lleno de nostalgias y convierte el mundo árido, en la frescura de los pétalos que viven. Es capaz de acercarse hasta el centro de cualquier huracán para predecir cuanta fuerza traerá su remolino y prevenirnos.
 


Ella, es la que siembra
nudos de aromas deliciosos
que derraman un festejo único
hacia la sombra de mi ser.


 


Está calificada para traducir
los sabores del pecado,
en ese deleite
de los perfumes afrodisíacos.





Se alimenta de las frutas
que dejan el silencio
y las notas musicales
del placer.




Y cuando se escapa de su aliento la nube de feromonas, se da cuenta que puede esparcir el deseo, hasta en la misma mañana en que se parte el mundo. Entonces, sin siquiera suponerme derrotado en la catástrofe que viene, voy en su búsqueda para fecundarla en la cavidad llena de estrellas y saber que, encontraremos un lugar donde parir lo sublime.

De todos los fuegos…(dedicada a María)

domingo, 19 de abril de 2015

Solo una idea




Solo una idea, esa a la que me lleva, quien la pronuncia con la sabiduría de quien domina fuertemente una certeza.
Algo parecido a esto -creo- nos dice el sabio; “Lo que todavía no entienden muchos, es de que forma o como, desde esta tierra tan lejana para ellos, se ejercita la verdadera democracia. Es aquí que se da la diversidad y es en ella, que se posicionan las pasiones y las razones de toda índole para entrar en equilibrio o deshacerse, y en ese devenir, se convive hoy”.
La tierra lejana misturó a la fuerza –a sangre y fuego- al extranjero y al nativo con su espíritu. Desde allí se recoge una fresca humanidad. Esa que identifica el aroma de todas las cosas. Desde ese lugar se sitúa la historia viviente de la mujer que acaricia las manos de un niño y habla ejercitando “la prudencia”. La virtud.
Desde allí, el niño crece entre lo sublime y el dolor, entre la encrucijada que va descolorando el destino incierto y la curiosidad que gasta toda inquietud. Crece en la forma desconocida del amor que huele a Esperanza y en la opacidad que trae la angustia. Crece en ese misterio que sobrepasa la voluntad del deseo y se transforma en el ser que vive sembrado de emociones, a tal punto de complejo que, su sensibilidad lo hace, nuevamente, atarse a un ramillete de ilusiones.
El deseo al fin, que en el crepúsculo de un día cualquiera, derrama su última lágrima para luego, traer el nacimiento.  
                                                               
                                                              De todos los fuegos...

 Mi humilde homenaje a Eduardo Galeano



El hombre:
                    El hombre llegó a la estación  “terminal” del tren, vestido con  su  ropa más elegante y una valija de cuero muy pequeña. Sentía las “sentaderas” adormecidas. Claro, luego, de dos días de viaje, no era para menos. Su cuerpo había copiado la forma de los asientos de madera de los vagones traccionados por la locomotora a vapor.

        Corría por aquellos años los inicios de la década del sesenta. El tren era uno de los vehículos de pasajeros más importantes que atravesaba gran parte de nuestro territorio.  El hombre venía del nordeste, de la frontera entre Paraguay y Argentina. De Corrientes para ser más preciso.
         Su apariencia humilde no tenía que ver con lo que vestía ya que su ropa estaba a medida y de buena confección, asimismo, relucían sus zapatos lustrosos. Había en él, sí, un andar “campechano” que demostraba no ser “hijo de esta ciudad”. Es más, parecía que tanto gentío lo abrumaba, en la ciudad de los “hormighombres”. Él era un joven de apariencia feliz. De cierta elegancia, con un rostro de facciones delicadas. Es decir, de labios carnosos y sonrisa impecablemente pulcra. El cabello negro peinado hacia atrás bien prolijo, de frente amplia y su mirada intensa, daban la impresión de franqueza. Sin muchos preámbulos, bien directa. Con mandíbula, sutilmente, cuadrada, de nariz recta y mediana y su color de piel canela, hablaban de lo agreste sin tosquedad. Pero tal vez, lo distintivo, también,  estaba en su carácter. Dominaba en él, una cordialidad o gentileza que abrigaba a una persona de bien, de confianza. Así llegó a la Santa María de los Buenos Aires. A la estación Retiro de la Gran Urbe.
        Sin embargo, a pesar de esas cualidades, la “ciudad” no lo recibió como él hubiera querido. Inmediatamente, luego de haber bajado del tren, se acercó un “avivado” y entre que no conocía y las palabras del “personaje” que enseguida lo empezó a acosar, lo convenció de “soltar” el poco dinero que traía para terminar su viaje desde tan lejos hasta la casa de su hermana. Lo que lo dejó sin recursos para enfrentar la última etapa.
        Cuando se dio cuenta que el “avivado” no iba a aparecer más con su dinero, resolvió tomar un taxi hasta la dirección anotada. El chofer de taxi le advirtió que lo llevaría pero que no le iba a devolver su equipaje sino conseguía pagarle. Con esa condición, pudo llegar hasta la dirección que permitiría reencontrarse con su hermana. Casada ella, nacida en Argentina, con hijos.
         Tuvo que esperar que uno de los hijos de su hermana -el mayor que aún era pequeño, de unos diez o doce años- procurara el dinero para pagarle al chofer, pidiéndolo prestado para recuperar su valija.
         Por fin, mirando con admiración a su sobrino, terminó su viaje, agregando:
-Hasta los chicos son “rápidos” aquí.
        El niño lo recibió con mucha amabilidad y le informó que sus padres vendrían más tarde porque estaban trabajando y después “ellos”, devolverían la “plata” prestada.
        Yo soy el hermano menor de ese niño que había recibido a un tío a quien miraba con cierta admiración y sorpresa, ya que su voz sonaba distinta con esa tonada. Había una pronunciación de las palabras con la elle remarcada que llamaba mi atención. Se que, posteriormente, al abandonar la ciudad fue la última vez que lo vimos todos. Incluye eso a mi madre ya que ella, que es su hermana, nunca supo con certeza hasta hoy como “desapareció”.
        Mi tío hacía pocos años que había terminado el servicio militar. De nacionalidad paraguayo, tenía alrededor de veintiuno, cuando llegó a nuestra casa. Con mucho orgullo, el hacer el servicio militar “habilitaba” a los varones a “recibirse de hombres” pues la conscripción obligatoria en el Paraguay es de dos años y la incorporación de reclutas, a los dieciséis. Pero también, ese orgullo estaba fundado en “ser útil a la patria” y el ser apto para entrar de conscripto, implicaba ser fuerte, sano y de talla aceptable, Cuando cumplía con el “servicio”, conoció a muchos compañeros que estaban en contra del régimen gobernante, “plagado” de corrupción, de injusticia. Algunos de estos compañeros estaban bien adoctrinados y dispuestos a “acompañar”al cambio. De allí, tal vez, haya nacido ese ideal que lo guió –supongo- hasta la muerte.    
        La “colimba paraguaya” es muy distinta a la de acá. Como siempre, el de “rango superior” comete todo tipo de abusos contra su “subordinado” pero con el agravante de que pueden golpearlo, incluso someter a todo tipo de torturas sin que haya posibilidad de “reclamo por derecho”. Aquí sucedía pero en menor grado, allá es “cosa común” desde siempre.
        En aquellos “sesenta y pico”, gobernaba el Paraguay desde hacía muchos años ya, un general mercenario y asesino que fue el “promotor-vencedor” de una guerra civil entre dos bandos que se identificaron como “liberales” y “colorados”. Al frente de los “colorados” -el ejército más numeroso y mejor provisto- estaba ese “general” sanguinario, quien pudo doblegar a sus enemigos y adueñarse del poder, realizando luego, interminables persecuciones aún hasta en las aldeas campesinas más alejadas. Esa sangrienta guerra civil se propagó por todo el territorio del Paraguay y por supuesto, terminaron sufriendo los inocentes, los débiles e indefensos; las mujeres y niños que tenían que huir de sus casas hacia la Argentina para no terminar muertos o vejados.
         En una de esas aldeas campesinas “pegada” a la frontera que establece solo el río Paraná, es donde nació mi tío. Es donde nació su “voluntad de querer cambiar lo establecido”. Si bien, su educación precaria y campesina no lo convertía en alguien “preparado para adoctrinar”, él escuchaba a sus pares, con la convicción de quien  podía sumar lealtad y coraje. Las palabras que alimentaban su espíritu de combatir “al poder asesino que  dirigía el país”, eran repetidas como para intentar ser “la columna de una conciencia colectiva”.
         Los “voluntarios” se multiplicaron en alrededor de cien, se prepararon para partir. Él, con algún conocimiento en armas por su servicio militar cumplido recientemente, creyó que podía aportar algo al grupo.
        Partieron en un barco desde el puerto de Buenos Aires y al llegar a la zona fronteriza, donde iban –supuestamente- a ser “bien pertrechados”, nunca se supo con certeza que es lo que pasó. Solo hay una versión que se propagó de boca en boca,  mucho tiempo después de lo que, quizás, aconteció.
         El ejército “colorado” solo tuvo que esperar la llegada del barco lleno de “voluntarios irregulares” que ni armados estaban y a los cuales, exterminaron sin misericordia alguna. El barco quedó sin sobrevivientes y, posiblemente, hundido.
         Los cuerpos nunca fueron entregados y tal vez, haya sido asesinado. Muerta su nobleza, su lealtad y coraje.
         Raimundo Benítez –para nosotros “Mundo”- así se llamaba quien, como una paradoja irrepetible, es aún hoy, un “desaparecido”.

Mis abuelos lo habían bautizado como “el hijo del mundo”.

             porque está llena de alegría
             reluce la inmaculada esperanza,
             cruza el puente del mundo
             para llegar convertida en hijo,
             la madre tierra lo acuna,
             hace crecer su inocencia
             y cuando cobra sentido la vida
             puesto que “el secreto está en creer”,
             “el hombre” con su inconsciencia
             en un suspiro lo apaga.

         Desde aquella dirección que se ilumina con tu presencia voy trazando el camino del regreso.
         Quien fue “el guía” a través del tiempo tiene garantizado el resplandor que espanta la misma oscuridad.
         La tierra hollada es la cuna en que a mis pies le crecen sus raíces y esforzado trabajo es dejar una huella hacia adelante.
        Traspaso mi fulgor a otra criatura viviente para no equivocarme pues tengo que evitar desandar los mismos senderos.

Perezcuper
 (Extraído del libro “Tratado del viento”, páginas 105 a 108)

domingo, 15 de marzo de 2015

Una palabra




Una palabra que se condimenta y tonifica con la carga de todos los sentidos, es aquella que se aplica para condensar las formas y su espíritu. Es además,  la característica principal del que intenta llevar los símbolos con alguna impronta, hacia la pretenciosa idea de la búsqueda de belleza, es decir; a procurar salpicarnos de su poesía.
Es un andar de la pluma sobre el camino de colores y sombras, de hedores, aromas y perfumes, de gustos sutiles o con carácter, de ruidos, o de sonoridades y melodías, de superficies que raspan o suavizan,  de miradas que penetran para hacernos degustar la crudeza de lo descarnado, o la curiosa y sugestiva manera de entrelazar lo enigmático con el asombro, de llevarnos hacia la inocencia o de pergeñar lo diabólico, de contemplar como un visionario, lo venturoso del futuro, o como, el barro del presente se va elaborando en lo acaecido.
Es con el recurso de la palabra que diseñamos un mundo real o ficticio, o entre ambos, se desarrolla eso que tiene que ver, con describir o enunciar el recreo de la vida, el eterno movimiento de sus aconteceres.
Es a partir de “ella” que, cuando se pronuncia, nos encontramos con “la palabra viva”,  o con aquella que ya está escrita -¿esa será, “la palabra muerta?”- es decir, con una u otra, o las dos; la que nos produce el intercambio de emociones.
Es a partir de “ella”, “la palabra” que me voy cultivando para no desistir más de vibrar, aun,  teniendo tantas limitaciones.
El sonido de los fonemas, la “textura” de “ellas” que nos va moldeando lo descripto, la nota musical de un matiz que resalta un pequeño sentimiento, la transformación del color en la voz o en cualquier melodía, una perspectiva de los significados, aquello de la “métrica” para restablecer en lo visual y lo sonoro, o como se contempla al observador en un texto, la posibilidad de situarse en “algo creado” para que intervengan todos los demás sentidos. Así, la palabra.

Palabras y más, un edificio de situaciones que se teje con una trama insalvable en la cotidiana aventura de los días, esa narrativa de la “vieja” costumbre de palpitar en el aire.

Palabras para ajusticiar las conciencias que se manifiestan en actitudes maliciosas, o aquellas capaces de engendrar esa energía que transforman todo.

Palabras detrás de los hechos que, marcan el comportamiento de las personas que muchas veces tienen que decidir el destino de otros y confirman la confianza o desconfianza de estar cumpliendo o no, con lo que se les ha encomendado.

Palabras de vida cuando el rumor de nuestra emotividad surge hecho un suspiro de plenitud, o en nuestros temores, cuando aparece la mueca del llanto.

Palabras de las palabras (o de las “braspala”), cuando se ofrece la oración para multiplicarnos en significantes.

Palabras azules para un cielo que se ilumina en el esplendor del astro supremo, aquel que permite la respiración de lo vivo-verde, y sus perfumes varios, que dejan escapar en el aire la bendición de la tierra, ese humus negro despidiendo su vapor serpenteante que entibia las manos para enseñarnos como, todo late en su espíritu.


Perezcuper